Como se habrán dado cuenta en mi post anterior, nunca he sido buena para el ejercicio. A veces siento que me hace peor hacer que no hacerlo. Y como soy pésima, esto me baja demasiado el promedio en mis notas, por eso me eximieron de educación física. Pero el doctor no era tan maravilloso y comprensivo como pareció al primer momento… me obligó a hacer algún otro tipo de deportes. Pasé por diferentes intentos, todos ABSOLUTAMENTE fallidos, pero sólo escribiré los que más recuerdo:
1. Basquetbol: esto fue lo primero que intenté. Como nadie quería llevarme mi abuelito puso un aro en nuestro patio. Cuando mis vecinos se enteraron de que tenía uno en mi casa, empezaron a venir todos los días para jugar.
Esto ayudó mucho en relacionarme mejor con ellos, pero hubo un único problema: ¡no me dejaban participar de sus juegos! Así fue como en vez de hacer ejercicios, sólo podía ver como los demás lo hacían. ¿y saben qué? No me importaba, es más, prefería que fuera así. Mis padres pensaban que hacía ejercicio y yo, que se supone que era la beneficiaria de todo esto, era feliz teniendo más amigos y viéndolos jugar ¡TODOS ÉRAMOS FELICES! Hasta que un día… ¡se rompió! El aro se salió de su respaldo y nunca más pudimos volver a jugar, pero como recuerdo de esta tierna anécdota, aún quedan los restos del aro que tantos juegos de básquet que vimos pasar por esta casa.
2. Las clases de natación: al entrar en mis grandes fracasos, quiero recordarles que TODO lo que digo es real, y que nada de esto es exagerado, como parecerá en esta historia que les contaré. Empecé a ir a clases de natación desde los ocho hasta como los diez años. A pesar de haber pasado tres años en esto, en ninguno logré aprender a nadar. Fue bastante frustrante. Además de que sólo me pasaron desgracias (se me salió un diente de un golpe que me di, varias abejas me picaron…) y pasé también muchas vergüenzas (me hice pipí, no dentro de la piscina, pero de todas maneras me hice), el profesor estaba aburrido de mí y del hecho de que no fuera capaz de nadar ni por casualidad. Me pasé esos tres años jugando dentro de la partes baja de la piscina con los niños mas chiquititos mientras los de mi edad se tiraban piqueros y hacían hermosas piruetas en la parte mas alta. Al cuarto año cuando quisieron volver a matricularme, el profesor no quiso recibirme nunca más.
3. Clases de voleibol: cuando me cambié de colegio este año también hice nuevos amigos, una de estas fue una mujer ultra obsesionada por el ejercicio, la cual me arrastró hacia sus maravillosas clases de voleibol.
Fue, como todo proceso deportivo en el que participo, un completo desastre, el cual se puede resumir en una pequeña entrevista con mi doctor:
DOCTOR: ¿fuiste a clases de voleibol?
YO: sí.
DOCTOR: ¿Cómo lo pasaste en él?
YO: bien, sí, perola profesora me tenía mala; era demasiado mala. La segunda clase me obligó a hacer un saque cien veces ¿sabe cuántas veces me salió? ¡TRES! Desde entonces no me volvió a ver igual.
DOCTOR: ¿y cuántas clases alcanzaste a estar?
YO: dos.
En esto se nota lo más importante sobre las clases de voleibol: daba asco. Luego de que la profesora me echó, tomé la cobarde decisión de nunca volver.
4. Jugando fútbol con mis amigos: esto me ha pasado varias veces y es la menos terrible, pero no por eso menos fallida.
Como dije antes, mientras mis vecinos juegan yo sólo miro, pero no lo hago porque no disfrute del placer de un buen deporte sino que porque mi estupidez antes estos en vez de colaborar, empeoraría todo. Esto quedó más que claro un día que mis amigas desafiaron a unos amigos a jugar un partido. Empezaron a jugar, pero no quisieron dejarme de lado viéndolos de lejos, por lo que me dejaron al arco. Fue horrible. A pesar de que no me metieron ningún gol, esto fue solo por el echo de que todos y cada uno de los intentos que hicieron de meter uno, llegaron directamente a mis rodillas. Y como me dolía demasiado, mis amigas decidieron cambiarme y poner a otra persona en mi lugar. Ayudó bastante a mis pobres piernas, pero no a nosotras: metí al menos cinco autogoles. Al final ganamos, pero a nadie le importó mucho eso tampoco. Recuerdo que al día siguiente simplemente no pude levantarme de la cama, pero como había colegio mi mamá me llevó arrastrando a clases. Tuve que devolverme con las piernas tiesas, ya que no podía doblar las rodillas, dando un triste y patético espectáculo para los que iban pasando por ahí.
Esta es la historia de cómo sufrí por mis penosas actuaciones en el mundo de los deportes (y eso sin contar lo patética que fui al jugar ping-pong o mi fallido intento de practicar yudo). Por esto y mucho más es porque realmente admiro a los deportistas.
lunes, 19 de julio de 2010
EL EJERCICIO Y POR QUE AMO TANTO A LOS DEPORTISTAS
ESCRITO POR FrustratedYoungWriter A LAS 19:16
TRATA SOBRE intentos fallidos, locura popular
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